Cuando Abu Simbel no dio tanto miedo…

Abu-Simbel-Profanation-Portada

Cuatro de la tarde. Estamos en uno de los múltiples eventos a los que acudimos como asociación, poniendo a disposición de los visitantes una serie de máquinas y videojuegos retro para su disfrute y regocijo. Ya han pasado unas cuantas horas y el cansancio comienza a hacer mella. Tampoco el turno que me ha correspondido ayuda demasiado a salir del tedio en que estoy inmerso. El stand se encuentra muy concurrido, pero un puesto permanece especialmente vacío desde hace ya demasiado tiempo: conectada a una pequeña televisión LCD una Raspberry emula con total soltura uno de los clásicos del software español en su versión para Spectrum. Un gran videojuego que, sin embargo, no ha llamado la atención del público asistente. “Es lógico” pienso para mis adentros, apoyado en el habitual prejuicio que niega a los jugadores más jóvenes el interés sobre la historia o los orígenes del mundo del videojuego, ese que ha salido de boca de muchos jugadores y que afirma que un joven jamás disfrutará de “eso” que tenemos conectado por su huraño aspecto.

De pronto, se me ocurre una idea muy sencilla para tratar de hacer que la gente se acerque a aquella máquina. Con un mísero rotulador y un folio en blanco preparo un cartel totalmente espartano por los medios empleados, pero directo, provocador y -por que no decirlo- un poco efectista. Si, admito que Abu Simbel Profanation (1985, Dinamic) puede que no sea uno de los juegos más difíciles de la historia, pero hacía falta formular el reto, presentarlo como algo inacabable y dirigirlo hacia el orgullo de los jugadores. Y, por supuesto, explicar sus controles, elemento primordial para que todo aquel con un poco de curiosidad pudiera probar semejante engendro.

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Este sencillo  y desesperado intento de que alguien hiciese caso a la pequeña máquina que albergaba el soberbio Abu Simbel Profanation surtió efecto desde el primer momento. No puedo negar que me sorprendió profundamente darme la vuelta y ver el puesto lleno de chavales dispuestos a enfrentarse a uno de los videojuegos más duros jamás lanzados. Algunos incrédulos, otros temerosos, todos disfrutaron de la experiencia y aprendieron que los juegos sin grandes gráficos pueden también ser divertidos. Pero sobre todo descubrieron el verdadero concepto de “saltos ajustados” y “medir al píxel” cada movimiento. Mientras tanto, mis compañeros idearon un plan para añadir interés al reto, ofreciendo una Raspberry Pi debidamente configurada a aquel jugador que fuera capaz de superar el nivel diez, lo que hizo que la ya de por sí buena afluencia de jugadores interesados se multiplicara por dos.

Solo con este logro ya deberíamos sentirnos más que satisfechos. Haber conseguido que tanta gente probara y descubriera Abu Simbel profanation nos debería llenar de satisfacción a los que -precisamente- soñamos con que haya una cultura real del videojuego. Pero entonces, aparecieron dos asistentes que revolucionaron todo y a todos, destrozando cualquier idea preconcebida que pudiésemos tener.

Primero llegó ella. Una chica con 17 años recién cumplidos que se animó al ver el suculento premio. Pelo corto y oscuro, ojos enormes de color negro que brillaban con una inocencia y pasión propias de una edad para muchos ya olvidada y sonrisa cautivadora. Rebosaba alegría aunque su vestimenta insinuaba preferencias hacia la moda gótica. Parecía salida de cualquier manga de Rumiko Takahashi. La hija que todo padre quisiera tener estaba ahí, dispuesta a llevarse el premio a base de partidas. Lo intentó con vehemencia, volviendo incluso al día siguiente para intentar superar su marca de ocho pantallas superadas. No lo consiguió, pero demostró ser muy hábil y prometió que descargaría el juego para poder disfrutarlo en casa, ya que le había encantado. Incluso me dijo que leería este blog porque a ella los juegos clásicos le gustaban mucho.  Todo un descubrimiento.

Más tarde llegó él, la auténtica figura del evento. Un chico alto y tímido, poco hablador, de pelo ensortijado y vestimenta clásica. No llamaría la atención de nadie ni aunque se lo propusiese. Tenía 17 años y la imagen de aquel juego del garbanzo saltarín que supuestamente era tan difícil se le quedó grabada en la retina. Con sigilo y esperando educadamente su turno sin hacer ruido pudo al fin ponerse durante un par de horas a probar sus habilidades. Torpes sus primeras partidas, rápidamente fue aprendiendo la mecánica y el funcionamiento del juego hasta el punto de mimetizarse con él. También llegó a la fase ocho el primer día del evento, pero el domingo vino descansado y con la idea muy clara de que el premio iba a ser suyo. Aprovechó para venir a primera hora -sabía que habría menor afluencia de público- para poder jugar una partida más relajada, para tomarse su tiempo en cada fase, para analizar las posibles salidas y la forma de superar cada escollo. Estuvo cerca de diez minutos en la fase nueve estudiando la subida y bajada de los rayos para poder seguir, pero no tenía prisa. Sabía que con paciencia y analizando todo bien, no podía fallar. Precisamente en ese momento ya supe que el chico ganaría, como así fue -llegó a la fase número doce-, cuando fue capaz de frenarse, pensar, analizar y ejecutar milimétricamente los movimientos necesarios. Una característica que erroneamente creía exclusiva de los jugadores más veteranos y que, sin embargo, este chico aplicaba de forma completamente natural.

Como ya he dicho, Daniel -que así se llamaba el chaval-  consiguió ganar el premio, y esa pizpireta chica nuestro respeto y admiración. Pero no solo jugaron y disfrutaron, dieron una lección a un puñado de jugadores veteranos de vuelta de todo que creíamos en unos prejuicios completamente obsoletos y erróneos -un buen jugador puede tener la edad que sea, no es algo exclusivo de la experiencia- y, a nivel personal, lograron motivarme y perder el miedo de afrontar un reto por mucho que algunos lo tachen de imposible.

Esta tarde he alcanzado el nivel diecisiete de Abu Simbel Profanation en Spectrum, y por primera vez me veo capaz de terminarlo. Posiblemente si no hubiera estado viéndoles jugar, animándoles y charlando con ellos esto no hubiera sido posible. Siempre digo que si uno tiene ganas de aprender puede obtener lecciones valiosísimas de lugares y personas inesperadas. Gracias chicos, por aportar ese rayito de sol a mi vida de jugador y por y demostrar que los gamers habilidosos siguen existiendo más allá de los consabidos FIFAS y Call of Dutys.

Y solo tienen 17 años…

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