The legend of Zelda: Breath of the wild. Una aventura como las de antaño

Los que peinamos canas en el mundo de los videojuegos sabemos que aquellas juveniles sensaciones que vivimos en los orígenes del medio jamás volverán: tardes interminables haciendo mapas sobre papel cuadriculado, sesiones maratonianas en las que hipotecábamos nuestra vista en pos de ir un poco más allá, aquellos momentos en los que compartíamos con nuestros amigos un acertijo que –una vez descifrado- nos abría una nueva vía para seguir. Y por que no decirlo, el placer de perdernos en las distintas localizaciones que aquellos primeros programan nos ofrecían y que parecían todo un universo lleno de secretos por descubrir.

Confieso que había perdido toda esperanza de volver a vivir momentos así. Llevo jugando muchísimos años y por mis manos han pasado excelentes títulos que me han gustado en mayor o menor medida. Algunos me abrumaban, otros se quedaban muy cortos, la mayoría ofrecían una falsa sensación de libertad y de mundo abierto a base de avasallar con misiones secundarias de puro relleno. Obras que, a pesar de contar con unos medios técnicos insuperables, se quedaban solo en la superficie. Juegos que -sencillamente- no lograban situarme completamente en su entorno, hacerme sentir parte de ese mundo.

Zelda: Breath of the wild ha sido una tremenda sorpresa para el que escribe estas líneas. Lo compré junto a mi flamante Nintendo Switch y, la verdad, esperaba que me entretuviera unos días para posteriormente acabar en la estantería como tantos y tantos juegos de esta temática que han pasado por mis manos. Si, lo confieso, no las tenía todas conmigo y no fue ni por asomo la razón principal para comprar la nueva consola de la “Gran N”. Pero una vez entré en el maravilloso mundo de Hyrule este me atrapó con tanta fuerza que todavía sigo paseando por sus enormes parajes en pos de devolver la paz al reino y acabar con el maléfico Ganon.

Si somos objetivos, esta nueva aventura no es ni mucho menos puntera en el apartado técnico. Se producen bajadas de framerate en algunas ocasiones y los gráficos -realizados con un Cell Shading bastante aparente- no son tan espectaculares como los títulos más punteros de la competencia. Pero a pesar de no ser un título de los considerados “top” en el apartado visual, Zelda BOTW es puro arte en movimiento: no tiene los mejores efectos pero sin embargo crea un mundo tan bello que resulta poco menos que un lienzo en movimiento. No tiene melodías sonando de forma continua durante todo el juego, pero sin embargo estas aparecen justo en el momento apropiado para crear el ambiente necesario y que la inmersión del jugador sea completa. No es un 10 en todas las categorías que componen lo que se conoce como apartado técnico, pero es un 9 en todas y cada una de ellas, algo de lo que pocos títulos pueden presumir.

Pero donde de verdad The Legend of Zelda: Breath of the wild brilla es en su propuesta lúdica. Es un título muy diferente a todo lo que hemos visto en esta legendaria saga, aunque las sensaciones que el jugador tiene a lo largo del título son semejantes a las que seguramente tuvieron aquellos afortunados que disfrutaron del primer Legend of Zelda en 1987. Podría hablaros de cómo se estructuran las mazmorras en este juego, de los variados enemigos y su inteligente IA, de los excelentes acertijos y el reto que suponen para el jugador, del uso de armas y comida…pero prefiero que todo esto lo descubráis vosotros mismos, a riesgo de que este artículo quede algo cojo. Sería como haceros un enorme spoiler que, vosotros mis fieles lectores, no os merecéis.

Por el contrario, si me gustaría contaros como me he sentido durante esta nueva aventura. Y es que, aunque suene extraño, he vivido un auténtico deja-vu: he vuelto a soñar con lugares llenos de secretos, a recuperar las ganas de explorar cada milímetro del mapeado en busca de items que me hagan más poderoso, a jugar el juego con total libertad -haciendo las cosas como quiero y cuando quiero- a tener que estrujarme los sesos pensando en como superar un acertijo o a un enemigo determinado, a disfrutar con la belleza de un nuevo paisaje que se abre ante mis ojos. En definitiva, con Zelda BOTW he recuperado mi inocencia como jugador y lo que es más importante: me ha devuelto la ilusión por los videojuegos actuales, enganchandome a mi Switch -¡Bendito juego portátil!- como cuando era un tierno imberbe.

Si por cualquier motivo tras esta enorme parrafada todavía os quedan dudas sobre si –bajo mi criterio personal- el juego merece las puntuaciones que está recibiendo os lo voy a dejar muy claro: The legend of Zelda: Breath of the wild merece cada diez que le han otorgado, porque aunque en el apartado técnico no sea perfecto o tan potente como sus competidores lo compensa sobradamente con el conjunto estético –más cerca del arte visual y sonoro que de un simple juego- y con una mecánica jugable perfecta, medida al milímetro y sincera: salvar a Hyrule es el objetivo final, y se puede llegar de muy diversas formas y a través de una gran variedad de pequeñas misiones muy diferentes entre sí y necesarias en su justa medida. Aquí no hay relleno alguno, sencillamente estamos ante uno de los cinco mejores videojuegos que he tenido la fortuna de jugar en toda mi vida. No os lo deberíais perder bajo ningún concepto.

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