Crónica de RetroMadrid 2017: Una retorno (literal) a sus orígenes

Hace ya bastantes años que comencé a ser asiduo en eventos sobre videojuegos clásicos. Mi bautismo llegó en la edición del año 2009 de RetroMadrid, una buena muestra de que el espacio del que disponían se había quedado pequeño ante tan buen hacer. Así, en este evento me enganché irremediablemente, acudiendo a todas las  ediciones posteriores: la de 2010 celebrada en la Complutense, la de 2012 y 2013  donde tuve el privilegio de realizar sendas crónicas para mis amigos de Pixfans y el tristemente célebre evento de 2014, donde acudí como expositor y del que -a pesar de los contratiempos- guardo un recuerdo entrañable.

La noticia de que este año habría un reboot en toda regla de RetroMadrid fue una alegría inmensa. Durante años esperaba este día con la ilusión con la que un niño espera la Noche de Reyes, ya que en todas las anterior ediciones había encontrado suficientes motivos para ilusionarme y pasar un día en grande. Así, reservé el Pase Preferente para mí y para mi mujer y allí nos fuimos, a revivir aquellos maravillosos días de nervios y diversión con mi hobby favorito.

He de reconocer que compré las entradas movido por una fe ciega en los chicos de AUIC, con ganas de devolverles en confianza todo lo que nos habían ofrecido en el pasado. Esperaba encontrar un evento que me satisficiera como jugador veterano, coleccionista de videojuegos (a falta de vender un riñón en el mercado negro para pagar los dos juegos que me faltan) y experto en lo que supone realizar un evento tras mi paso por la universidad que es RetroAlba.  Por desgracia, no ha sido así. Esta edición ha vuelto a sus orígenes -eso es innegable- a costa de dejar por el camino a buena parte de los aficionados que la encumbraron a esa posición de privilegio que antaño ostentaban. Ojo, no estoy hablando ni mucho menos de un mal evento, sino de uno que no es para todos los aficionados a lo retro. El carácter global de las últimas ediciones -simplemente- ha desaparecido.

Desde hace ya varios meses se lleva anunciando en la propia página web del evento que esta nueva edición giraría en torno a la comunidad o scene, prescindiendo de tiendas y otros elementos que no tuvieran temática directamente relacionada con ella. No voy a entrar a valorar el concepto de scene que han barajado los organizadores, ni su criterio para decir que es comunidad y que no (daría para un debate muy interesante), pero su decisión -valiente, todo hay que decirlo- tiene sus pros y sus contras: centrar el foco de un evento en la comunidad es algo fantástico para que todas esas propuestas y trabajo altruista que muchos realizan tengan el reconocimiento que merecen. El problema está en que si dejas de lado elementos indispensables de una feria como son las tiendas, los puestos de juego y los torneos el resultado es algo descafeinado, y para colmo sitúas una presión añadida e injusta sobre la propia comunidad. Ahora son ellos los que tienen que mantener interesado al público durante el horario en que el evento esté funcionando, ya que no tienes otro as debajo de la manga para que la gente quiera quedarse todo el tiempo posible en el recinto.

No me malinterpretéis. Habían puestos de juego en RetroMadrid 2017. Los expositores mostraron un enorme buen hacer encomiable y casi todos tenían sus propuestas homebrew al alcance de los usuarios, algo que sin duda les honra. El problema reside en los pocos puestos de juego que se dedicaron a los videojuegos retro, es decir, a los títulos con los que nos criamos. Esta decisión me parece adecuada para gente como algunos de nosotros, que teniendo todo en su casa no va a una feria a jugar a estos juegos, pero se me antoja un error no pensar en esa gente que solo quiere recordar su pasado, ya que se pierde la posibilidad de que -mediante esos títulos que formaron parte de su vida lúdica- los usuarios “novatos” puedan engancharse a esta tendencia retro.  Por su parte, los torneos fueron bastante escasos y poco anunciados en sus medios, lo cual hizo que -por desgracia- pasaran prácticamente inadvertidos. Una pena, ya que este tipo de actividades atraen a la gente y les hace entrar en ambiente.

Las charlas, aunque de bastante enjundia. pecaban tal vez de ser demasiado técnicas. También es cierto que, hablando como lo estamos haciendo del que fue evento de referencia a nivel europeo, sorprendiera en parte la ausencia de grandes nombres, cuando antaño se nos sorprendía de forma muy grata con un ponente de prestigio y perteneciente a la mal llamada “edad de oro del soft español”. El carácter divulgativo del evento creo que se mostró especialmente en esta faceta del mismo, lo cual no tiene porque ser algo malo. Personalmente eché de menos alguien que nos contara los entresijos de la industria como en años anteriores.

Otro desacierto que me gustaría resaltar sobre la feria de este fin de semana es -por desgracia- un viejo conocido de la organización: las colas de espera. Parece increíble que, siendo el principal problema de aquella edición de 2014, se vuelva a repetir en parte dicho error. Nosotros, con pase preferente en la mano, tuvimos que esperar una hora de cola, mientras que la gente con entrada gratuita esperó una hora y media. Esta vez parece que el problema vino de un error informático, pero si había un momento y un error que no debía volver a cometerse era este. Hubo gente que abandonó el recinto echando sapos y culebras por la boca, algo que los chicos de AUIC no se pueden -ni deben- permitir.

Pero el principal problema -bajo mi punto de vista- es que había un ambiente muy diferente al resto de ferias que he visitado. No un ambiente peor, ojo, pero sí distinto. Esto se circunscribe exclusivamente a mi visión puramente personal,  pero tenía la impresión de estar en un ambiente más dedicado a profesionales y expertos que a aficionados estandar de los videojuegos vintage: muchas más conversaciones sobre hardware, modos de vídeo, resoluciones, chips de vídeo y posibilidades que  sobre videojuegos en sí. Divulgación y carácter más didáctico que lúdico.

Por supuesto, no todo van a ser críticas constructivas sobre el evento (esa es al menos mi intención). También hubieron cosas que me gustaron y que, bajo mi punto de vista, deberían mantenerse a toda costa en futuras ediciones. Como por ejemplo el stand temático sobre Klax que Salva Perugorría preparó para la ocasión, donde se podían probar muchísimas versiones y disfrutar de este gran título. Un punto más a favor que me sorprendió gratamente fue la enorme variedad de sistemas “verdaderamente clásicos” que se vieron funcionando en la feria, y que no suelen verse en estos eventos (Atari 2600, Colecovision, Amstrad PCW o MSX Turbo-R, por citar algunos ejemplos). En la parte más artística del mismo, las exposiciones que David Saavedra (un artista de los pies a la cabeza) y El legado del Pixel ofrecieron al público fueron de un nivel soberbio. Al igual que el BRUTAL (con mayúsculas) Sword of Ianna, un desarrollo para Spectrum y MSX2 que pude disfrutar en el stand de RetroWorks y que dará muchísimo que hablar. O el excelente concierto de The Chiptunes, una costumbre perpetuada por la organización que contó con unos músicos de primera. Igualmente me resultó de mucho interés el proyecto ZX-Uno, en cuyo stand los visitantes pudieron probar “in situ” la magnífica implementación de sistemas clásicos que realiza esta pequeña maravilla.

Todo esto no habría sido posible sin el que considero el mejor punto a favor del evento: Las instalaciones del Espacio Cultural Daoiz y Velarde. Desconozco los detalles sobre su uso como sede para la edición de este año, pero creo que los chicos de AUIC harían bien en intentar mantener esta sede para años venideros, ya que el emplazamiento, la disposición de las distintas ofertas y -sobre todo- las charlas y talleres que se realizaron tenían las mejores condiciones de las que hemos disfrutado en años.

Esto es todo lo que dio de sí la edición de 2017 de RetroMadrid, una feria de la que he vuelto con un sabor agridulce. Entiendo y respeto -como no podía ser de otra manera- las decisiones y principios que la organización ha tenido a bien seguir, pero personalmente me ha faltado algo. En cualquier caso, la intención era -según ellos- la divulgación y la vertiente didáctica de los sistemas clásicos, objetivos que claramente han conseguido. Lo que si me ha quedado claro es que esta feria es totalmente diferente al resto de eventos de nuestro país. Ha logrado conseguir su identidad propia, y tendrá su público fiel en años venideros, todo a costa -como he dicho arriba- de limitar el público al que va dirigido esta nueva propuesta. Al menos esta edición, RetroMadrid ha dejado de ser la fiesta del retro en España para pasar a ser el evento de referencia del homebrew español.

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