Momentos de felicidad absoluta

Año 1988

¡Por fín es viernes! Ha sido una semana larga, o al menos a mi me lo ha parecido. Los matones me siguen molestando, aunque ahora que soy el portero del equipo de clase comienzan a tratarme como uno de los suyos. Los maestros me han felicitado una vez más por ser tan aplicado y trabajador. Dicen que tengo un gran futuro y así se lo han dicho a mi mamá, que muy orgullosa ha prometido comprarme el pack Erbe´88 en cuanto lleguen las vacaciones de navidad.

Conforme llego a casa lo primero que hago al entrar por la puerta es lanzar la cartera al hueco que hay entre el armario y la cama. No saldrá de ahí en todo el fin de semana. Ya habrá tiempo para trabajar y hacer los deberes el domingo por la noche. Ahora toca divertirse. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con mi Spectrum? Una vez más, el ritual: conecto los cables, enciendo la TV y abro el cajón donde tengo almacenados los juegos. ¿Por dónde empiezo?¿Qué cargo hoy?
Mientras elijo, mi mamá aparece con un bocadillo de nocilla y un vaso de leche fría. Aunque no le gusta que coma sobre el ordenador sabe que es la única forma de que hoy meriende algo. Esta tarde es imposible separarme de mi pequeño amigo de plástico y silicio.

Viendo que no me aclaro entre tantas cassettes, ella me recuerda con dulzura que ayer vino mi tía Alicia y me dejó una cinta con unos cuantos juegos. Le llevaba bastante tiempo dando guerra para
que me grabara su pack Dinamic 5º aniversario, así que ni corto ni perezoso pongo a cargar Dustin, el único título que aún no había probado. Los pitidos de carga que el Spectrum emite atemorizan a mi hermano pequeño y ponen dolor de cabeza a mamá. A mi me resultan relajantes, hipnóticos. Es una especie de trance previo, una secuencia tan conocida como para poder distinguir en qué punto se encuentra la carga sin mirar la televisión.

Durante este momento sonoro aprovecho para terminarme el bocadillo y la leche mientras leo el último número de Microhobby. Bueno, más que leer, ojeo los análisis de los últimos videojuegos, ya tendré tiempo de leerla a fondo.

Una vez cargado el programa, me siento en la silla frente al monitor, cierro la puerta y conecto la radio. Suena “Love in the first degree” de Bananarama, y mientras esas chicas se desgañitan yo disfruto paseando por las celdas del enorme recinto penitenciario, cambiando objetos con otros presos y tratando de encontrar la salida durante toda la tarde.

Ya por la noche, mis padres deciden llevarnos a cenar al bar donde solemos ir. Hamburguesa sin pepinillo con patatas fritas, coca-cola y -después- las típicas súplicas para conseguir unas monedas con las que jugar a las recreativas que iluminan el local: Wonder boy y Shinobi. De fondo suena “Runaway de Bon Jovi, aunque la gente parece preferir “Gimme hope Jo’ Anna” de Eddy Grant, que ha sonado hace unos minutos. Yo casi que prefiero oír la divertida melodía de Wonder boy, pero los mayores mandan.

Cuando se me gastan las monedas y mis padres terminan la cena y el café nos vamos para casa a descansar. Por el camino, mi hermano va durmiendo en el carro y yo de la mano de papá contándole mis aventuras en las dos máquinas. Aún no lo sabía, pero difícilmente se puede ser más feliz…

Año 1995

¡Por fín es viernes! ¡Joder, que larga se me ha hecho la semana! En el instituto las cosas son una mierda. Los chavales nuevos me están puteando de lo lindo por mi perilla a lo D´artagnan. Para colmo aquella chica que tanto me gusta no me hace ni puñetero caso. Si solo me diera una oportunidad…¡La trataría como a una princesa! Encima los profesores y mis padres no dejan de dar por culo. Que si tengo más potencial de lo que estoy demostrando, que podría ser de notable o sobresaliente si me diera la gana… mierda, ¡nadie me comprende!

Conforme llego a casa lo primero que hago al entrar por la puerta es lanzar la cartera al hueco que hay entre el armario y la cama. No saldrá de ahí en todo el fin de semana. Que le den a los deberes y los trabajos. Hoy paso de todo. Ya es viernes y me apetece jugar con la Super Nintendo.

Como no tengo ningún juego nuevo, le pido a mi vieja la paga semanal y me dirijo a casa de Miguel y Juanfran. Hoy toca patearse todas las tiendas de la ciudad para alquilar algún juego que llevarnos a nuestras máquinas. El camino está más que estudiado, y sabemos perfectamente las reglas para conseguir los mejores títulos: salir antes de las cinco de la tarde y visitar primero GameShopCinetecas. Como de costumbre, Juanfran alquila por quinta vez el Tecmo Cup Football Game para su NASA ¡Y que no se aburre el tío! Miguel, más sibarita, se lleva el último Ranma de importación que ha llegado a la tienda. Yo, por mi parte, me traigo a casa el International Superstar Soccer de Konami, con la esperanza de que supere a Sensible soccer en mi lista de mejores juegos de fútbol. Me aburro de ganar a todo el mundo, y estos ya no quieren jugar más conmigo.

Conforme llego a casa mis padres están saliendo por la puerta. Tienen cena con sus amigos y se llevan a mi hermano, así que tengo la casa para mí y una pizza en el microondas. Saco la pizza y una Coca-cola del frigorífico y me las llevo a mi habitación. Pongo en la minicadena una cinta TDK con varias canciones que me gustan para ambientar la noche. Suenan “Informer” de Snow y “En algún lugar” de Duncan Dhu mientras alucino con lo que tengo en pantalla. El juego es todo lo que llevo pidiendo desde hace años a un simulador de fútbol, aunque la cosa mejoraría si fuese más sencillo meter goles. Me eliminan en cuartos de final tras un campeonato épico y decido a llamar a mi primo Miguel, por si le apetece jugar unas partidas. Nada, ha salido de marcha, como todos. ¿Que le verán a eso de ir de discotecas? De verdad, no lo entiendo.

Casi a punto de comenzar un nuevo torneo miro el reloj y me doy cuenta de que ya es la una de la mañana. Mi espacio de radio favorito comienza en Onda cero, un programa dirigido por un tal Patrick D. Frutos que repasa la música de los años ochenta. Apago la consola, me meto en la cama y escucho “Aquella canción de Roxy” de La Mode y “No controles” de Olé Olé mientras me duermo pensando en qué estará haciendo ella. Mi vida parecía una mierda, y sin yo saberlo hasta era feliz…

Año 1999

¿Ya es viernes?¿En serio? ¡Que corta se hace la semana cuando estás en la universidad! Sobre todo si, como yo, solo pisas la facultad para recoger a los amigos y enterarte de cuando es la próxima juerga. La carrera no es lo que esperaba y los profesores me dejan claro que sin ir a sus clases jamás seré maestro ni aprobaré una oposición. No sé ni como soy subdelegado. Me llevo bien con mis compañeros y me aprecian, tal vez porque no me importa decir las cosas claras cuando hay que hacerlo. Por eso o bien porque mi mejor amiga es una chica muy atractiva por la que muchos babean. ¡Ya ves la sociedad! pasas de nerd a popular por una nimiedad así.

Conforme entro en casa paso directo al baño para echar la correspondiente vomitona. Son las ocho de la mañana y el ganar el campeonato de chupitos en la fiesta de ayer me está pasando factura. La cartera sigue en el hueco que hay entre la cama y el armario desde principio de curso. Me acuesto durante unas horas y me levanto justo para comer, aguantando las burlas de mi padre por el lamentable estado en que llegué.
Tras dar la cara me encierro para descansar, ya que esta noche va a ser importante. He quedado para ir al cine con la chica que me gusta y todo parece ir viento en popa entre nosotros. O parecía, ya que me envía un mensaje con una excusa peregrina para no quedar (una vez más): ¡Tiene que leer un libro de mitología y después lavarse el pelo!

Como si presintiese que algo iba mal, mi amiga llega al rescate para sacarme de casa e irnos a tomar unas cañas a ese local tan chulo donde podemos navegar por internet. Para aprovechar la conexión me llevo quince diskettes, con la esperanza de encontrar más juegos para ese emulador de máquinas recreativas que acabo de descubrir, el MAME.

Entre cervezas, risas y confidencias pasamos toda la tarde. Ella siempre es capaz de sacarme una sonrisa hasta en los días más tristes. Una partida juntos a los dardos, otra al Pang, cachondeo por el mIRC y, mientras, la pobre conexión descargando kilobyte a kilobyte algunas roms para mi y el Nevermind de Nirvana para ella. Como música de fondo disfrutamos con “Don´t look back in anger” de Oasis. Tras semejante maravilla llega el turno de “Atrapados en la red” de Tam tam go. Ella sencillamente odia el tema, pero yo en su repetitiva melodía me encuentro a gusto. Para mi es el himno de esta nueva tecnología que estamos descubriendo casi a escondidas, juntos, con la inocencia de dos niños que solo quieren divertirse.

Cuando su disco ya había bajado y estábamos a punto de irnos, una imagen en el monitor nubló mis sentidos. ¡Tehkan world cup y Street fighter I para descargar! Aprovecho los últimos minutos que nos quedan de conexión para descargarlos a toda prisa y meterlos en aquellos roídos diskettes de 3 ½. Viendo el estado de ansiedad momentáneo en el que me encuentro, mi amiga pronuncia entre risas una frase que en un futuro cobraría una importancia que jamás imaginé: “Joder, y eso que solo es una mierda de archivo. ¿Y si tuvieras la máquina original en tu casa que?¿Estarías todo el día empalmado?

Ya en nuestro barrio acompaño a mi amiga a su casa y me voy raudo y veloz a la mía. Tengo escasos diez minutos para probar que los juegos funcionan, ya que mis amigos vienen a recogerme. Han
conocido a unas chicas nuevas y han quedado con ellas en un bar para tomar algo. No me apetece un pimiento, y mucho menos dar explicaciones de por qué no estoy en el cine con mi supuesta cita, pero accedo a ir. Allí, conozco a unas chicas muy simpáticas con las que pasamos un buen rato, y me fijo concretamente en una de ellas, muy atractiva pero bastante callada. Yo aquel día pensaba que todo había salido mal, y sin embargo estaba siendo terriblemente feliz

Año 2019

¡Viernes por fin! Tras salir del colegio, subo en el tren y los chicos de Styx con su inolvidable “Mr. Roboto” me alegran un poco el panorama. Aprovecho para ver algo del Angry Videogame Nerd, que siempre me hace sonreir.

Como podéis suponer por el párrafo anterior finalmente aprobé la carrera y conseguí plaza en la oposición de maestros. Esa chica calladita que conocí en el año 1999 es ahora mi mujer, y de aquella idea descabellada que mi mejor amiga expresó en un momento de risas etílicas ha germinado en una bonita colección de videojuegos. Por desgracia no toda la historia es de color de rosa. La realidad nunca lo es, siempre hay una dualidad entre felicidad y tristeza con la que hay que combatir, y en mi caso son ya cuatro los años que ando peleando con una depresión. Pero ganaré, tengo que hacerlo.

Conforme llego a casa lo primero que hago al entrar por la puerta es lanzar la cartera al hueco que hay entre el armario y la cama. La de nuestra casa en común por supuesto. Aunque tengo algo de trabajo que hacer, algún artículo por escribir y un video a medio editar para mi canal de Youtube me apetece echar una partida y escapar un rato de la realidad. Siempre ha sido así, los videojuegos han estado en las buenas y en las malas, y ahora más que nunca son necesarios.

Tras merendar un vaso de leche fría y unas galletas, paso a mi habitación, donde tengo toda la colección a la vista y las máquinas preparadas para disfrutar. Mi mujer se pone a leer hasta la hora de la cena -comprensiva como es ante mis necesidades en esta época particular- y yo aprovecho para darle caña al Final Fight 2 de Super Nintendo una vez más. Alexa, por su parte, se encarga de ponerme una selección de lo mejor de los ochenta y los noventa que consigue que me abstraiga completamente. Finalmente enchufo la Vectrex, apago las luces y termino la tarde jugando partidas a Scramble, tratando de superar un record imaginario que ya va por los 72.000 puntos.

Ya es la hora de la cena. Aprovecho para mimar a mis tres gatos y ver junto con Lola algo interesante en Netflix, siempre que Pixel,  Link y Pocket no inicien una batalla y nos quedemos embobados, mirándolos y riéndonos con sus piruetas y trastadas. Por supuesto, también hablo con mi madre con el fín de quedar el domingo para comer en su casa, donde disfrutaré de la compañía y ocurrencias de mis sobrinos, de mi hermano y cuñada, que siempre consiguen que pase un buen rato y me anime. Y como olvidar a Niki, la gata que mi madre ha adoptado y que ha tomado por costumbre abrirme el cráneo a mordiscos. Es lo que tiene haber perdido pelo y que el animal, al intentar limpiarme, crea que abrirme la cabeza es una forma higiénica de dejarme más limpito.

Algunos viernes (menos de los que me gustaría, por desgracia) termino escapándome con mi “otro hermano” para tomar una Guiness y divagar sobre este planeta de locos y como la medicación, al fin de al cabo, no termina de estar tan mal como pensábamos. Otros días, una excelente amiga me lleva a ver cine de terror y compartimos muy buenos ratos “perdiendo años de vida”, como solemos decir. En realidad disfrutamos como enanos del hecho de pasar miedo y -sobre todo- de poder evadirnos juntos de una realidad que a veces da más miedo que cualquier relato de Stephen King.

Probablemente el mundo esté lleno de problemas, basura y
motivos para estar desanimado y sin ganas de vivir. Pero sin embargo por fin me he dado cuenta a tiempo de que, en el fondo y aunque tenga por delante una batalla enorme, sé que voy a ser felíz. Porque, al menos, esta enfermedad me ha enseñado que la felicidad no es más que momentos pequeños y sencillos compartidos con los que más queremos. Eso es lo único que realmente merece la pena. Ahora que lo he entendido, sé que fuí feliz y confío en que volveré a serlo…más pronto que tarde.

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2 pensamientos en “Momentos de felicidad absoluta

  1. Me ha encantado tu relato. Supongo que serás del grupo de retro entre amigos y si es así te escucho muy a menudo.
    Tío te deseo todo lo mejor. Yo también he pasado (y pasando) por algo así parecido y fantasmas del pasado vienen a mi pero solo puedo decirlo que muchísimos ánimos y gracias por este post.

  2. Buenas:

    No, la verdad es que no tengo nada que ver con Retro entre Amigos. Muchas gracias por las amables palabras, de verdad me alegro mucho que te haya gustado el texto.

    Gracias por los ánimos. ¡Seguro que lo superamos! Un abrazo

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